Obama: La gran decepción.

septiembre 4, 2011

Cuando los estadounidenses eligieron en el 2009 a un presidente de color para que gobernara los destinos de alrededor de 300 millones de habitantes, se dio un cambio radical en la historia de la nación de las barras y las estrellas; nadie hubiese imaginado que este día llegaría. Ni todos aquellos afroamericanos que murieron de las maneras más atroces en los estados del sur de Estados Unidos desde la independencia hasta más allá de la segunda mitad del siglo pasado; tampoco lo hubiesen imaginado los grandes mártires del movimiento de derechos civiles que luchaban contra la discriminación racial, entre ellos Martin Luther King Jr. o Malcolm X. mucho menos sus más acérrimos enemigos, el ultraconservador hombre blanco.

Barack Obama llegó al poder entre una confusión de lágrimas de alegría de quienes miraron esperanzados hacia el futuro próximo, y el temor creciente de la mayormente población blanca y la confusión de aquellos que controlan los hilos económicos no solo de Estados Unidos sino también del mundo. Un presidente negro con raíces árabes y cuyo segundo nombre era igual a uno de los dictadores que representaba a uno de los enemigos más feroces de la sociedad occidental, lo más inimaginable de este mundo, se sentaba en la Oficina Oval detrás del escritorio. Mucha algarabía y confusión como ya se dijo, marcó este momento. Momento que solo duró eso, un instante.

El presidente, al poco tiempo de asumir, se dio cuenta que gran parte de sus promesas electorales quedarían en el reino de la fantasía. Este afro – árabe descendiente se dio cuenta que la presidencia de Estados Unidos ha sido, desde la muerte de Franklin Delano Roosevelt, un cargo representativo; más aún, se dio cuenta de quien o quienes son los que ejercen el verdadero poder. Obama se dio cuenta que de nada servía erigirse como la reencarnación de una especie de William Wallace de color, luchando por los derechos de aquellos que siempre fueron puestos al margen, cuando era el dinero y no la libertad el eje alrededor del cual la democracia norteamericana giraba, aunque para ser sensatos, esto no debió de haberlo tomado por sorpresa ya que el poder económico fue el principal impulsor de su asunción a la presidencia norteamericana; el dinero y una excelente maquinaria publicitaria que siempre será eficiente mientras se aceite con el primero.

De nada vale decir que sus principales fuentes de financiación fueron en parte los grandes bancos a quienes los contribuyentes con sus impuestos ayudaron a salvar. Tampoco vale esgrimir más el argumento que si bien no lo tomó por sorpresa, si lo asombró el hasta donde es capaz el poder económico de moldear la vida de millones de seres humanos.

Norteamérica, la Roma de nuestros tiempos, está viendo el imperio de occidente desmoronarse y solo un implacable y necio orgullo mal identificado con verdadero patriotismo es la que lo impide terminar de derrumbarse. La historia reciente de “la tierra de los libres y el hogar de los valientes” ha estado plagadas de grandes coyunturas propiciadas por intereses mezquinos de sus dirigentes: George W. Bush y sus guerras por petróleo, secretarios de Defensa buscando argumentos que permitan a los desarrolladores de armamentos vender sus productos; secretarios de la Reserva Federal atracando a los tontos contribuyentes con planes para financiar la corrupta cúpula de Wall Street, y muchas cosas más.

Es difícil no hablar de esto sin que se le tilde a uno de socialista o comunista pero, la verdad va más allá de las etiquetas con que nos puedan identificar. La verdad se ve en cada persona que pierde su empleo, los que pasan hambre, los que a pesar de todo van a las urnas a elegir que verdugo los hará sufrir menos en su camino a la muerte. Cada nación merece a los gobernantes que tienen, pero no es justo que las sociedades acepten que solo unos pocos los manejen a su antojo, como aceptó el presidente Obama cuando se rindió a los intereses neoliberales más salvajes. Los capitalistas se vuelven cada vez más feróces y en su gula insaciable devoran familias de trabajadores, sociedades enteras y los sueños de todos.

El cáncer se ha expandido y ni aún aquel en el cual la mayoría de los norteamericanos, que son clase media a baja, colocaron sus esperanzas fue capaz de refutar la realidad que se han autoimpuesto ellos mismos. Ni aún el resto del mundo, siguiendo el ejemplo norteamericano, ha podido o mejor dicho, se ha atrevido a ponerle coto a esta situación. El presidente, de cara a la reelección de 2012 intenta matizar su fracaso luciendo como alguien que quiso y tuvo la intención de hacer algo pero a quien las coyunturas político - económicas dejadas por su antecesor, se lo impidieron.

La pregunta entonces es: ¿hasta cuándo serán las sociedades capaces de soportar que sus destinos sean manejados por los intereses de unos pocos, en detrimento de su calidad de vida?

Avísenme si alguien sabe la respuesta.

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