Venezuela: Campo de Concentracíon

enero 29, 2012

En Auschwitz, los prisioneros que tenían la desgracia de “sobrevivir” a la selección inicial que hacían los soldados nazis al bajar de los trenes de la muerte donde eran trasladados desde su lugar de origen, vivían con el perpetuo temor de ser asesinados en cualquier momento, circunstancia y bajo cualquier pretexto. Lo que más atormentaba a los prisioneros no era la idea de ser asesinados en si, sino la manera en como podían llegar a ser asesinados que en ese sitio de horror e inhumanidad significaba, de la manera más atroz.

Vivir de esa manera, si es que esa existencia puede llamarse vivir, engloba la lucha que a diario esas pobres almas cautivas entablaban contra el terror. La muerte de los prisioneros empezaba, al ser arrestados; la campaña psicológica a la que eran sometidos por los nazis iba debilitándoles el espíritu, destruyéndolos moralmente… ese era el verdadero triunfo de las técnicas de exterminio del Tercer Reich: hacer que sus cautivos se sintiesen un despojo humano antes de desaparecerlos físicamente.

Un Reich nuevo se ha alzado lejos de las tierras germanas que vieron el nacimiento y ocaso de los tres anteriores. El nuevo Reich, al igual que el último, tiene su origen en la descomposición social que vive una sociedad y que se inició hace mucho y no de una década para acá como algunos acotan. El nuevo Reich, al igual que el último, infunde terror, condiciona la conducta de los seres humanos debajo de su control, aniquila el espíritu del resto en cada asesinato que comete y despoja de esperanza a quienes diariamente deben vivir en las tierras donde se ha erigido.

Tal tierra no es otra que nuestro país, Venezuela; tal Reich no es otro que el Hampa.

No hay palabras para describir el caos social que vive la patria de Bolívar, ni tampoco líneas que puedan expresar la barbarie con que cada vez más se cometen atrocidades por parte de la delincuencia en nuestro país. Es común ver en las páginas rojas de los diarios de la nación como diariamente son asesinados decenas de venezolanos, en su mayoría inocentes, que por el solo hecho de existir y que esa existencia sea menospreciada por un ser moralmente decadente, socialmente descompuesto, corrupto de alma como lo es un delincuente, sea asesinado sin dar valor este último, a la vida que acaba de quitar.

Es impresionante ver como las cárceles del país se han convertido en los nuevos “crematorios”, “bunkers de la muerte”, “cámaras del horror”, que existían en los tristemente célebres campos de concentración nazis, donde la estadía ya no es de años sino de unas cuantas horas desde el momento en que entra el reo hasta el momento que es devuelto a los custodios en pedazos, cual res en el matadero. Supera los límites de lo tolerable ver, como las redes sociales se han convertido en vitrinas macabras para quienes no tienen respeto absoluto por la vida humana, los cuales montan imágenes de sus atrocidades cual trofeos. Dan ganas de llorar ver semejante barbarie.

La delincuencia, el hampa, la criminalidad es ya un asunto que debe estar a nivel de Estado y no llevarla como un asunto coyuntural. Se ha sembrado y ha hecho metástasis cual cáncer en nuestra sociedad. Las barriadas se han convertido en incubadoras de criminales que cada día y a edades más tempranas inician el macabro camino de la delincuencia. ¿Problema de educación?, quizás; ¿falta de oportunidades?, puede ser. Sin embargo, no estoy de acuerdo.

No hay que ser un sociólogo para darse cuenta que la violencia, el morbo macabro y la falta de valores son las nuevas heredades que se dan en sucesión dentro de los barrios venezolanos. Esa cultura marginal que no admite corrección dentro del habitante de dichas barriadas, está fomentando que el punto de quiebre sociocultural esté cada vez más próximo.

Veo a madres comportarse y hablar de manera inmoral delante de hijos que cual esponjas, absorben todo lo que presencian; veo a progenitores no siendo padres delante de hijos que necesitan ser corregidos. El ejemplo que dan no enseña, solo moldea a futuros delincuentes.

Pueden culparme de tener una visión subjetiva al culpar a “los que viven en los barrios”, ya que quizás no tienen las mismas oportunidades que uno tuvo… no es así. Hubo un niño que creció en esas calles abandonadas por la indolencia gubernamental; ese niño vivió rodeado de un ambiente que le decía que la esperanza no tenía lugar en la realidad. Ese niño fue creciendo y se dio cuenta que la cultura violenta que le rodeaba era la que le robaba esa esperanza. Decidió no dejarse llevar por esa vorágine… Hoy en día es un profesional abogado quien escribe éstas líneas.

No hay excusas para justificar la violencia en que el país está sumido. Es la voluntad de cambiar las cosas la que nos sacará de esto y no los gobiernos de turno quienes han demostrado ineptitud para controlar el caos. No es justo que vivamos como prisioneros de un campo de concentración, sin esperanzas y con la angustia de no saber si llegaremos sanos y salvos a nuestra cama. No es moralmente tolerable intentar sobrevivir cada día, es necesario vivirlo sin el temor que una bala te ciegue la vida…

Pero lo peor de todo es vivir indiferente a la terrible falta de humanidad que vive nuestro país, como aquellos presos que los nazis seleccionaban para que recogieran los cadáveres y los apilaran en los hornos de la muerte, para después barrer las cenizas en los infames campos de concentración, como aquel con el que se iniciaron éstas líneas.

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